Guillermo Folguera - GRR

LOS    ORGANISMOS    GENÉTICAMENTE MODIFICADOS (OGM)  EN  LA  ARGENTINA  Y LA CONSTRUCCIÓN   DE  SU  LEGITIMIDAD

 

Por   Guillermo Folguera - GRR

 

 

 El discurso asociado a los OGM y la búsqueda de legitimidad

Los efectos que han  tenido el uso de  los organismos genéticamente modificados (OGM) en la estructura política, científica, económica y social de nuestros países  latinoamericanos, nos obligan  a analizar  los discursos  tecnocientíficos  correspondientes,  que han servido como legitimadores sociales  de esos transgénicos.  Así,  la pregunta central  que abordamos  aquí  es: ¿qué características presenta  el discurso tecnocientífico  en  la búsqueda y construcción  de legitimidad  social  para el caso de los OGM  en la Argentina?  Para ello, en este análisis presentaremos cuatro aspectos presentes en el discurso relativo a los OGM:

a) Los OGM como estrategia de “salvación de la humanidad”,
b) El carácter  necesario  en  la introducción  y perpetuación de los OGM,
c) La ambivalencia en relación con la pertinencia (o no) de considerar la dimensión ética y política de los desarrollos tecnocientíficos, y
d) La  confiabilidad de los OGM frente a la falta o la insuficiencia de información. 

 

 La tecnología como estrategia de salvación de la humanidad

Una de las promesas que se han dado en el contexto de introducción y consolidación de los OGM,  estuvo  dada en relación con una tecnología que fue presentada tanto por parte de empresarios, políticos y de científicos como vía para “resolver” la problemática del “hambre” y como estrategia para mejorar la calidad de la alimentación y de la salud humana a escala global.

El discurso de los especialistas en biotecnología en Argentina reprodujo dicha idea, presentando a los OGM como inherentemente progresivos, a la vez que asumiendo y reforzando la noción de que la tecnología representa un bien en sí mismo.

En la introducción y consolidación de los OGM en el escenario  latinoamericano y, en particular  en Argentina, esta “promesa” social estuvo y aún lo está,  fuertemente  encarnada.  Independientemente de que la misma no se haya  cumplido, es interesante observar cómo fue instalada la noción de que el uso de la tecnología tiene implicancias necesariamente positivas.   

En este sentido, cabe señalar algunos elementos sumamente significativos  propios de esta estructura argumental.  Un  primer  aspecto tiene que ver con  la conceptualización de la noción de “alimento” que se presenta desde dichos abordajes. Así, puede verse que una producción dada básicamente en los términos de un monocultivo, sumado a la incentivación de su consumo por la población -tal como el caso de la soja en Argentina- pretende “reducir” la diversidad propia de la alimentación a la mera ingesta de uno o de un pequeño grupo de alimentos.

Esta intencionalidad presenta asociados problemas básicos, tanto en lo referido a las nociones biológicas involucradas, como así también, respecto a la propia dimensión cultural.

¿A qué  nos referimos? Por un lado, el “olvido” de una dimensión biológica que nos recuerda omnívoros y que, obliga a concebir una dieta que alterne productos animales y vegetales, más aún  durante las etapas del desarrollo. Pero también, la noción básica de alimentación en su dimensión cultural, en la que se reconoce lo fundamental de concebir a los sujetos a partir y desde sus alimentos, y donde la ingesta sólo ocupa una pequeña parte de esta compleja y fundamental relación. 

El  segundo  aspecto tiene que ver con las características particulares del tipo de producción agrícola que se ha dado en la Argentina. Nos referimos a que es presentado como alimento para el hombre un forraje, lo cual violenta aún más  los dos aspectos antes señalados.

Por ejemplo, recordemos aquellas campañas publicitarias de muy distinta índole que se hicieron en los últimos años a los fines de incorporar a la soja dentro de la dieta de los ciudadanos argentinos tratando, incluso, de reemplazar la propia carne vacuna por dicho monocultivo para los chicos de edad escolar.

El tercer aspecto que nos interesa señalar, tiene que ver con los propios objetivos y modos utilizados en estos esquemas: sólo la tecnología podrá resolver los problemas que aquejan a los pueblos en la actualidad y en tiempos futuros. Esta idea acerca de que, sólo la tecnología puede resolver las problemáticas sociales, conduce a sostener en general, que las propias problemáticas generadas por la implementación de la misma tecnología sólo encontrarían solución a partir de una introducción de nuevos productos tecnológicos.

Como puede verse, este recorrido argumental sólo nos encierra de manera intensificada  en un esquema sin salida, excluyendo cualquier  “alternativa”  incluso antes de elaborarse. Este  aspecto  se conecta, justamente, con el siguiente ítem desarrollado: el carácter de necesidad de los OGM. 

 

 La biotecnología y su carácter necesario

Otro de los elementos que  son susceptibles de ser reconocidos  en este discurso tecnocientífico por parte de  los  “especialistas” es el carácter de necesidad que se le otorga a los OGM. ¿De qué se trata esta necesidad? Sin dudas, forma parte de una herencia muy significativa del positivismo, a partir del cual  los “avances” científicos y tecnológicos no sólo son vistos como positivos  per se,  sino que a su vez se presentan como inevitables e irreversibles.

Desde esta postura, el origen y expansión de los OGM  son explicados  como el resultado inevitable del progreso científico y tecnológico que responde a la necesidad de satisfacer nuevas demandas  y necesidades sociales. 

Ahora bien, ¿cómo se expresa dicha necesidad?   Una de sus expresiones principales se relaciona, obviamente, con la imposibilidad de revertir el proceso iniciado.  Esta irreversibilidad puede estar justificada por elementos de orden diverso, pero más allá de eso, es notable reconocer cómo opera sobre las decisiones individuales y colectivas de nuestros pueblos.

Así, se presenta como un elemento sistémico que, sin que haya sido propiamente “elegido” en su primer ingreso en 1996, ni tampoco jamás consultada al pueblo su perpetuación, sin embargo, no admite ser problematizada.

Para el caso de los OGM, la necesidad se reconoce naturalizada y oculta, sin que  queden  establecidas  sus razones. 

Entre posibles motivos  que la sostienen, hay uno que en particular nos  interesa  señalar, siendo mencionado con suma frecuencia tanto por parte de tecnocientíficos como por funcionarios y empresarios:  los OGM son presentados como un modo de generar “liderazgo”, sea tanto a escala social (dirigido a los sujetos involucrados) como incluso a escala de  los Estados,  presentándose  como uno de los elementos claves  en el “rol” de  la Argentina en la actualidad  (cualquiera sea éste). 

A su vez, esta  necesidad  se relaciona directamente con la idea de presentar a los OGM como parte fundamental de un nuevo estado productivo. Así,  cualquier crítica  dirigida al respecto, presenta a las alternativas como parte de propuestas que remiten a una Argentina del pasado...

Esta noción, parece enmarcarse en el caso epistemológico,  nuevamente  en  un positivismo extremo que presenta al estado tecnocientífico como una fase superior y a posibles estados alternativos no sólo como “inferiores” en cuanto a su eficiencia, sino incluso en términos temporales, por lo que se caracteriza como un “volver atrás” a cualquier mirada alternativa.

Ciertamente, la incorporación de lo temporal no es una novedad en los argumentos respecto a la tecnociencia, pero no deja de ser importante de ser reconocido en el contexto de los OGM en Argentina. 

 

 Tecnociencia, transgénicos, ética y política

Los dos ítems anteriores nos acercan a un elemento central: ¿cuál es la postura que asume el discurso de los especialistas en biotecnología sobre los OGM en relación con las dimensiones ética  y política?

Nuevamente, reproduciendo determinadas estructuras y valores heredados del positivismo, en una primera aproximación el posicionamiento de quienes exponen este discurso, parece reproducirse  la imagen del científico como mero descriptor del mundo, una especie de “espejo” cuyo rol es el de  “reflejar”  lo que sucede.

Así, este actor social se atribuye una función social crucial:  la de mostrar las cosas “tal como son”, sustentado en medios empiristas y racionalistas, y ajeno a las pasiones e intereses, los cuales prevalecerían en el resto de los ámbitos humanos.

De este modo, los positivistas lógicos trazaron una férrea línea divisoria entre ciencia y valores.  Sin embargo,  los  escenarios  crecientemente terroríficos  de la tecnociencia impiden mantener esta ficción.

En el contexto actual, la invocada neutralidad de la ciencia encubre que los presupuestos teóricos, los propósitos y los usos de los desarrollos tecnocientíficos son aspectos íntimamente vinculados entre sí e imposibles de ser distinguidos. De modo que las consecuencias sociales y los aspectos  tanto éticos como políticos de los mismos, no pueden ser soslayados o confinados exclusivamente a sus aplicaciones. 

En el caso de los OGM, en una primera instancia los discursos tecnocientíficos parecen, sin embargo, haber asumido tanto la neutralidad ética como política. Esta tensión entre la neutralidad -tanto ética como política-  y el carácter positivo  per se  que se atribuye a  este desarrollo tecnocientífico parece constituir un marco que explícita o  implícitamente, estructura los discursos de los especialistas locales acerca de los OGM.

 

 La (falta de) información y los OGM

Uno de los argumentos más utilizados en el discurso dominante sobre los OGM, orientado a dar una justificación “científica” de la supuesta inocuidad de los alimentos derivados, se ha dirigido (y continúa haciéndolo) a la ausencia de evidencia científica sobre los riesgos o efectos imprevistos.

De este modo, se asume a priori el denominado “principio de equivalencia sustancial”, criterio cuestionado en la literatura especializada pero aceptado oficialmente en la Argentina, y por el cuál, entre otras cosas, se nos niega la posibilidad de poder reconocer como consumidores a un alimento que contenga componentes transgénicos.

En  el caso de los discursos de los “especialistas” en Argentina, aun en aquellos casos en que es admitida  la necesidad de realizar más investigaciones,  no  es contemplada  sin embargo  la posibilidad de detener las  aplicaciones tecnológicas de que se trate, lo cual resultaría pertinente conforme a lo previsto por el ‘principio de precautorio’. 

Más aún, con gran frecuencia, el ‘principio precautorio’ no sólo es ignorado, sino que se asume la lógica inversa esto es:  que se debe demostrar que las aplicaciones de esta tecnología causan efectivamente algún tipo de daño.

De este modo perverso, se desprende que para obtener “conclusiones científicas” se necesitarían nuevas investigaciones, independientemente de la magnitud de los riesgos a los que se exponga la sociedad y de los daños que se produzcan hasta entonces. Sin embargo,  es importante señalar que  las investigaciones disponibles y actualmente en curso orientadas a evaluar los potenciales impactos de esta tecnología son escasas,  y  la mayor parte de las realizadas hasta el momento son mayoritariamente  diseñadas y  solventadas por las  propias  empresas  que la producen y comercializan.

 

En este marco, la innegable tendencia a la uniformización de estructuras de producción  de conocimientos, a través de la sumisión a las reglas del mercado, plantea como desafío y como política prioritaria la recuperación de la pluralidad y heterogeneidad en la investigación científica, la inversión pública en investigación independiente y la urgente reflexión sobre la dimensión ético-política de estos temas, cuyo destino no puede quedar exclusivamente bajo  las decisiones de expertos y tecnólogos, ya que sus consecuencias afectan a toda la sociedad. 

 

 La búsqueda por otra relación ciencia-sociedad

En este trabajo, hemos analizado algunos de los elementos presentes en el discurso de los especialistas que atañen a la generación de legitimidad por parte de los discursos asociados a los OGM en la Argentina.  Entre ellos, se ha podido  reconocer cómo  esta tecnociencia se ha atribuido  “propiedades” y  “valores” que generalmente son adjudicados a las investigaciones denominadas “básicas” o “puras”. 

Recordemos que desde la tradición del empirismo lógico,  el problema de la elección y la responsabilidad ética no surge  como desafío en relación con la ciencia llamada “pura” sino  en el ámbito de  la denominada “ciencia aplicada”, los desarrollos tecnológicos y las innovaciones.

Notablemente, en el caso del discurso acerca de  los OGM,  los aspectos ético-políticos son desestimados aun en la esfera práctica, delegando este ámbito a los denominados “decididores”, quienes a través de  resoluciones  particulares dan o no curso a las prácticas tecnológicas.

Así, esta mirada posibilita no sólo eludir las necesarias evaluaciones previas a su aplicación, su seguimiento y control: sino que también bloquea la posibilidad de un análisis crítico acerca de  las ventajas,  los costos sociales y los riesgos potenciales asumidos al adoptar esta tecnología. 

Este escenario se refuerza a  la luz de la idea del desarrollo lineal y progresivo de una ciencia  supuestamente  neutral, que en sus versiones aplicadas conduce inexorablemente al avance tecnológico, el cual siempre es entendido como una fuerza transformadora inherentemente positiva. 

Sin embargo  y a pesar del clima avasallante de la publicidad empresarial y corporativa, diferentes actores y conflictos sociales expresan señales de malestar y disenso que cuestionan estos supuestos. A pesar de la pretendida  “necesidad” de los OGM, se erige una generalizada y creciente  desconfianza y desencanto frente a la tecnociencia, vinculada a sentimientos de desposesión que muchos de estos desarrollos han generado en la sociedad. A quince años de la introducción de OGM en las prácticas agronómicas, este desencanto es asumido, incluso, en el discurso de Nature, una de las revistas científicas estadounidenses que más han bregado por las bondades de esta tecnología. En su editorial del 29 de julio de 2010, en cuya tapa se pregunta ¿Puede la ciencia alimentar al mundo?, se afirma:

 

“Los granos GM son una parte importante de la agricultura sostenible pero no son la panacea para el mundo hambriento más allá de muchas aseveraciones en contrario de sus defensores (…) En la práctica la primer generación de granos GM ha sido largamente irrelevante para los países pobres. Exagerar sus beneficios sólo puede incrementar la desconfianza pública sobre los OGM, tal como lo muestra la preocupación sobre la percepción de privatización y monopolización de la agricultura focalizado en la ganancia (…) Ni la ciencia ni la tecnología por sí mismas son panacea para la solución del hambre. Es la pobreza, no la falta de producción de alimentos, la causa del hambre”       (Editorial Nature 2010, pp. 531-532).

 

Por cierto, las soluciones alternativas que se proponen en esta revista se orientan, tal como era de esperar, al desarrollo de nuevas y más sofisticadas respuestas tecnológicas.

Sin embargo, no deja de ser interesante cómo ciertos discursos permanecen inmutables en el ámbito local, aún  cuando internacionalmente ya han sido modificados.

 

En este sentido, resulta fundamental avanzar en la construcción de discursos alternativos que apunten  a la democratización y a la reapropiación social de la ciencia y la tecnología, planteando la “necesidad” de trabajar colectivamente de modo amplio y continuo  sobre los modos de decisión, control, seguimiento y evaluación de las elecciones científicas y tecnológicas, no sólo por la comunidad académica, funcionarios y gestores de los organismos de ciencia y tecnología, sino también, evidentemente, por parte de los pueblos involucrados.

 

Guillermo Folguera

GRR Grupo de Reflexión Rural

Noviembre 2011

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