UNA REPLICA NECESARIA, DOLOROSA Y ESPERANZADA

El reportaje que le hiciera en el diario Página 12, el gran banalizador científico Leonardo Moledo al nuevo Ministro de Ciencia y Tecnología Lino Barañao, ha provocado varias respuestas de los implicados por el ministro, cuando expresó que ciertas expresiones de las ciencias sociales le sonaban a Teología, y ha generado el inicio de un debate sobre las ciencias, un debate hasta el momento relegado, justamente en un país que viene tomando desde los años noventa en ese campo y de manera persistente, decisiones que comprometen a las próximas generaciones de argentinos, y que las viene tomando, sin consultar a la población, y apoyándose tan solo en los criterios y opiniones de oscuros funcionarios de la Secretaría de Agricultura, del INTA, del CONICET  y de la Cancillería. Estas situaciones las hemos denunciado de manera firme e incansable como GRR a lo largo de los últimos once años en diversos documentos enviados a las más altas autoridades, en nuestra página Web, en los micrófonos de Radio Nacional y en documentos compartidos con organizaciones de activistas antiglobales, y que han circulado por todo el mundo profusamente, sin que el grueso de nuestros intelectuales se dieran ni siquiera por enterados.  

Ahora bien, no debemos engañarnos con falsas expectativas ni fáciles entusiasmos: el grueso de las repercusiones causadas por las declaraciones del Ministro son tan solo consecuencia de que en sus palabras se evidencia un cierto menosprecio por las ciencias sociales. Debemos recordar que si hubo un tiempo en que la joven democracia argentina y en especial su dirigencia política, adecuaba sus discursos a los intelectuales de la Sociología como Portantiero, Nun o Sarlo, ese tiempo ya pasó y hoy son empresarios lúcidos como Grobocopatel y Urquía los que abiertamente inspiran el discurso político argentino. Es, sin duda, un signo de los tiempos, y es el resultado de la instalación impiadosa y terrible de un modelo colonial que esos intelectuales de la sociología se han negado persistentemente a reconocer y que continúan a lo largo de estos debates ocultando con malas artes de prestidigitación y de censura. De lo que ahora se trata es de saber si las ciencias sociales van a sumar al modelo su discurso o acaso permanecen como la posibilidad de un espacio desde donde generar pensamientos críticos.

No deja de sorprenderme que hace dos o tres semanas en conversación telefónica privada, el Director de la Biblioteca Nacional, cuando le mencioné al ministro Lino Barañao como prueba de los crecientes compromisos del gobierno con las Corporaciones, demostró no saber a quién me refería,  y ahora unos meros comentarios de la misma persona, ya notoriamente posicionada, le merezcan en cambio, una larga y erudita exposición sobre los orígenes de las ciencias y los desencuentros entre los estudios sociales y los naturales, desde finales del siglo XVIII hasta el presente. Evidentemente de lo que parecería tratarse es de la preservación de un territorio, un territorio correspondiente a las ciencias sociales que, en estos días parecería irremisiblemente perdido frente al Poder, en especial cuando se trata de rescatarlo desde posiciones académicas y desde recursos funambulescos.

El rol de los pensadores sociales debería ser el de poner en cuestión el discurso de una ciencia atada abiertamente a objetivos industriales y empresariales, tanto de técnicas de producción en masa, como de violentación sistemática de la Naturaleza, a la vez que de brutal desconocimiento de los riesgos que ello entraña para la humanidad, tal vez porque son incapaces de pensar más allá de la burbuja de su laboratorio. Si existe un caso emblemático de esta ciencia ajena a las necesidades de lo humano, podemos referir la penosa anécdota de los físicos nucleares japoneses felicitando por sus éxitos a colegas estadounidenses, que en alguno de sus libros menciona Sábato.  En este caso, no es demasiado diferente, ya que es el Imperio el que a todo riesgo para nosotros, nos impone el rol de país laboratorio de organismos genéticamente modificados. En el contexto argentino de un país agobiado por un discurso que glorifica el producto bruto y el crecimiento insustentable, y que condena a los argentinos a sufrir  proyectos mineros, de monocultivos y de agrocombustiles, lo que vemos es que las ciencias sociales en desventaja, optan a través de la pluma brillante de nuestro amigo Horacio González, por tratar de ponerse al servicio del poder, rindiendo sus banderas si las tenían y ofreciendo sus artes de birlibirloque para ser aceptadas en el nuevo reino de la tecnociencia empresarial en el Poder.

Quién mejor que Horacio González para expresarlo por sí mismo: “Sin duda, la Argentina tiene que recuperar terreno en todas estas materias e ingresar cuidadosamente, con idioma propio y avanzado, al mundo del conocimiento que invoca la partícula “bio”, desde las “biotecnologías” a la “biopolítica” crítica. Un tono a ser mantenido en este ingreso a la cuestión científico-técnica es el del equilibrio tenso e inspirador entre las ciencias físico matemáticas (y sus adyacencias) y las ciencias culturales (y sus adyacencias). La historia completa de este problema en la Argentina está por hacerse y el bienvenido Ministerio de Ciencia y Tecnología puede contribuir decisivamente para realizarla. Mientras, sería inadecuado juzgar a cualquier corriente de pensamiento activo con las metodologías auspiciadas por espacios por ventura más contundentes en la definición tradicional del ideal científico. Incluso, si las ciencias humanas estuvieran debatiéndose –como es notorio que ocurre muchas veces–, con sus propias vacilaciones, en las que muchas veces triunfa la jerga sobre el riesgo de pensar.”

Brillante, brillante y erudito. Pero también, penoso acto de sumisión al “bienvenido”Ministro de Ciencia y Tecnología, gesto que con seguridad no logrará atenuar el profundo desprecio que por los escribas y decidores, siente un ministro al que, alguna vez dijimos, llamarlo científico sería tan solo una metáfora... En otras épocas, cuando  el riesgo de pensar implicaba riesgos de verdad, no tan solo como ahora que se trata en todo caso de arriesgar posiciones funcionariales o de prestigio, los hombres llamados de pensamiento nacional, se esforzaban por servir a su pueblo desentrañando las claves y las ecuaciones de la dependencia, y haciéndolas legibles al común, para de esa forma facilitar que se las pudiera combatir. Todo lo contrario es lo que pareciera que ahora ocurre, en que, desde la Universidad y desde otros ámbitos académicos y científicos, se nos embarulla con palabrerías setentistas para vendérsenos un supuesto gradualismo y una resignada ideología de los cambios posibles, mientras se le da lugar y tiempo al modelo irreversible de las Corporaciones que se instala ostensiblemente y a marchas forzadas en todo el territorio.  

 

Vamos a los hechos. Centenares de empresas mineras con tecnologías de cianurización, emplazándose en la precordillera y llevándose por delante con prepotencia la opinión de los pueblos afectados que resisten su instalación heroicamente. Más de veinte millones de hectáreas de cultivos transgénicos que han barrido con asentamientos y pueblos rurales, con pequeños productores, con la apicultura, con los tambos y con los campesinos. Centenares de millones de litros de tóxicos asperjados desde aviones y  mosquitos sobre los monocultivos y las poblaciones cercanas, contaminando las cuencas de los ríos  y convirtiendo el cáncer  y las enfermedades terminales en el paisaje epidemiológico habitual de las localidades pequeñas y los barrios periféricos de las grandes ciudades. Las banquinas sembradas o fumigadas por doquier impiadosamente, para abolir toda biodiversidad, y las rutas colapsadas por cientos de miles de camiones transportadores, ocasionando muertos innumerables por accidentes de tránsito, mientras los gobiernos multiplican hipócritamente los cursos sobre educación vial y el jefe de los camioneros es el Secretario General de la CGT, el jefe de los desempleados de la Agricultura el Secretario de las 62 Organizaciones y el Jefe de la CTA es el Secretario de las innumerables escuelas rurales que cierran por falta de niños o apenas sobreviven con los mínimos indispensables y bajo la constante lluvia de plaguicidas, mientras la contaminación continúan siendo un problema oficialmente ajeno a los riesgos del trabajo docente. En esta nueva fase de los Agronegocios, gigantescas plantas de biocombustibles se construyen sobre el Paraná para abastecer los motores europeos, mientras el primer gran accidente en la Universidad de Río Cuarto pone al descubierto con seis cadáveres, la transformación de nuestras universidades en empresas prestadoras de servicios para el nuevo modelo global de los Agrocombustibles y la producción masiva de carnes en encierro, alimentadas con los subproductos industriales de la generación de combustibles, transformados en piensos. .

 

Mientras la Secretaría de Agricultura continúa liberando transgénicos y el CONICET y el INTA, ahora también nuestro amigo Horacio Gonzáles, continúan discurseando con ligereza sobre una supuesta Biotecnología Nacional, o sea que presuponen que en los marcos de  las actuales servidumbres globales, alguna biotecnología podría llegar a ser “Nacional”, el país es violentamente remodelado con expulsión masiva de poblaciones hacia las grandes urbes, los pooles de siembra comienzan a ser reemplazados en la ocupación del territorio por los fondos de inversión que compran campos y estancias, y en su primera acción de posesión destruyen con sistemática habitualidad los cascos y todo patrimonio arquitectónico y forestal que caracterizaba los antiguos paisajes rurales. El mensaje es claro. Este modelo es irreversible, el campo no es un lugar donde vivir, es un territorio para agriculturas industriales y  producción de biocombustibles, nadie tiene derecho a producir sus propios alimentos, para proveerse de comida están las góndolas de los supermercados y para los indigentes y hambrientos, están los comedores del Estado y de Caritas, donde podrán alimentarse con soja transgénica. Así de simple y así de brutal. Que no se lo quiera ver, aleja de nosotros los antiguos debates hoy aparentemente remozados, entre las ciencias duras y las ciencias sociales, y coloca ambas posturas en un campo que alguna vez llamamos antinacional o que aportaba a la entrega de nuestra Soberanía.  Somos conscientes que resulta duro expresarlo de esta manera, y porque sabemos que estos son tiempos de terrible confusión que podrían disculpar ciertas desorientaciones, y también, en nombre de los afectos habidos y de las historias comunes que nos vieron batallar por ideales compartidos, hacemos un llamado a la reflexión al que muchas veces llamamos el compañero más brillante y capaz de nuestra generación. Que llevada por fantasmas conceptuales y de razonamiento, tanta inteligencia y capacidad se malogre al servicio de un modelo que expresa  el más terrible neocolonialismo, nos entristecería profundamente.

 

Recuerdo que hace muchos años en el exilio de Brasil, Horacio González me dedicó un libro en que me llamó blanquista. Eran otras épocas. Cuando nos reencontramos en Brasil, escapando yo de la cárcel, estaba preocupado él por cómo recibiría yo ese apelativo, dentro del homenaje que implicaba la dedicatoria. Nunca imaginó el honor que me había hecho con ese gesto y cuánto esa dedicatoria me ayudó a encontrar un camino de pensamiento: Blanqui, Sorel, Proudhon y tantos otros luchadores, aportan a las luchas de la nueva resistencia antiglobal. Esas luchas enfrentan hoy tres crisis que se dan en simultáneo y que interaccionan constantemente: la crisis de los cambios climáticos es la primera y tiene que ver con la historia de la sociedad urbano industrial y con la actual incomprensión de la tecnociencia acerca de la Ecología y de las leyes de la Naturaleza, la segunda es la crisis energética que se expresa por el agotamiento paulatino de los combustibles fósiles y la obstinación del Capitalismo a buscar otros caminos que no sean los del actual consumismo, y la tercera es la crisis planetaria consecuencia de la apropiación masiva de los recursos naturales por parte de las Corporaciones y la destrucción de la biodiversidad que la acompaña, y que amenaza condenar a gran parte de los humanos a la  muerte por hambre. Las ciencias sociales tienen demasiados territorios sobre los que reflexionar si aspiran a reencontrar un rol en el proceso de recuperación de la identidad y en la búsqueda y generación de un Proyecto Nacional. Confiamos de todo corazón en que este escrito aporte a que tomen ese camino y a que el antiguo compañero encuentre como antes, su propio modo de sumar a las actuales luchas por la emancipación y por la supervivencia del hombre sobre la Tierra. Con esas esperanzas.

 

Jorge Eduardo Rulli

23 de enero de 2008