SAN JORGE: UNA DECISIÓN JUDICIAL QUE NOS INVITA A PROFUNDIZAR LA REFLEXIÓN  SOBRE EL DESPOBLAMIENTO DE NUESTRO TERRITORIO

Una vez más las circunstancias y la confusión a que conducen algunos medios, nos obliga a pronunciarnos en relación a las acciones judiciales llevadas adelante contra las fumigaciones en el Municipio de San Jorge, Provincia de Santa Fe. En esa localidad, a través de un amparo, el juez Tristán Martínez resolvió en febrero de este año, la prohibición de fumigar en los campos de propiedad de dos sojeros, identificados en la resolución como Sres. Gaillard y Durando Facino, en una distancia menor a los 800 metros para las fumigaciones terrestres y 1.500 metros para las fumigaciones aéreas, a contar dichas medidas desde el límite de la zona urbana (Barrio Urquiza), según se lee en la sentencia del Magistrado. Que quede claro entonces, la condena alcanza tan solo a los campos de propiedad de los mencionados y en la distancia que se indica, tal como lo solicitaran los amparistas, no como algunos suponen, a todo el radio de la ciudad de San Jorge o del Barrio Urquiza.

Ya hemos expresado anteriormente como Grupo de Reflexión Rural nuestra posición frente a ciertas acciones que focalizan la lucha en situaciones parciales y que en muy poco comprometen el modelo productivo de la sojización, establecido en la Argentina desde la década de los años 90. En Julio del año 2009 le expresábamos a los jueces: ¿Tendrá la justicia argentina, su sistema perceptivo lo suficientemente sano como para advertir que la evidencia difusa o incompleta debe disparar el principio precautorio?  Si esto no pasa, y sin ánimo de generar una “psicosis colectiva”, va siendo hora que los jueces de la Corte, junto a todos los ciudadanos del país de los argentinos, comencemos a preguntarnos ¿cuánto veneno estamos dispuestos a seguir llevando en la sangre?  Desde ya que nuestra respuesta como GRR es nada de nada…”

 

Ahora, frente a ciertas expectativas generadas entre el periodismo comprometido y cierta militancia ambiental por el fallo de San Jorge, nos vemos obligados a recordar que es preciso persistir en la necesidad de un cambio real del modelo de la sojización, a la vez que reflexionar en lo poco que nos benefician acciones como la de San Jorge. Aclaramos asimismo, que exceptuamos de estas consideraciones a las víctimas locales que decidieron defenderse de las agresiones, sectores con quienes nos solidarizamos, tanto con las víctimas de San Jorge, como con todas las otras familias argentinas que, a lo largo del territorio de la Soja, sufren a diario los mismos padecimientos y a las que apoyamos en sus justos reclamos por alejar cuanto sea posible de sus viviendas, la llamada línea agronómica. Aún más todavía, nos arriesgamos a expresar que, hasta comprenderíamos el que en alguna oportunidad estas víctimas apelaran a la extrema situación de hacer justicia por la propia mano, dado que la impunidad con que se han movido los sojeros hasta el momento y pese a las innumerables protestas, ha sido escandalosa.

 

Debemos recordar que hace ya varios años le hicimos llegar un informe a los más altos funcionarios de la República y a los miembros de la Corte Suprema de Justicia, en que terminábamos afirmando: “La agricultura industrial de la soja es sinónimo de desmontes, degradación de suelos, contaminación generalizada, degradación del medio, destrucción de la Biodiversidad y expulsión de poblaciones rurales. Sin embargo, puede haber consecuencias aún mucho más horrendas. Creemos haber descubierto a partir del caso de las madres del barrio Ituzaingó, los elementos necesarios para confirmar una vasta operatoria de contaminación sobre miles de poblados pequeños y medianos de la Argentina. Se esta configurando una catástrofe sanitaria de envergadura tal, que nos motiva a imaginar un genocidio impulsado por las políticas de las grandes corporaciones y que solo los enormes intereses en juego y la sorprendente ignorancia de la clase política logran mantener asordinado. El cáncer se ha convertido en una epidemia masiva y generalizada en centenares de localidades argentinas y el responsable es sin lugar a dudas el modelo rural.”

Concretamente, que consideramos absolutamente positivo que las víctimas se defiendan en la forma en que mejor les sea posible, y por ello estamos contentos por la familia Peralta, a quienes expresamos nuestro respeto y apoyo por defenderse contra las agresiones, pero como GRR no podemos a la vez, dejar de pensar y de luchar por todos aquellos que viven más allá de los 1.500 metros y denunciar las consecuencias que este tipo de acciones tendrían si se instalan como políticas o como objetivos más o menos excluyentes de las luchas, por parte de las organizaciones.  Y decimos esto en momentos en que algunas organizaciones sociales piqueteras, han osado poner en palabras un supuesto derecho que muchos otros comparten aunque no se atrevan a expresarlo: nos referimos al presunto derecho de vivir en la ciudad.  ¿Qué mejor servicio podríamos hacerle a las Corporaciones y a los grupos sojeros con esa bandera, cuando ellos necesitan un campo despoblado para extender más allá de los mil quinientos metros que asegura el fallo de San Jorge, sus sistemas de agricultura industrial con agrotóxicos?

Debemos decir, asimismo, que tampoco apoyamos luchas parciales, campo por campo, que minimizan y fragmentan las luchas en medio de un mar de soja de más de 20 millones de hectáreas, a no ser que esas luchas, sean como en tantas localidades, las defensas puntuales por parte de las propias víctimas, en resguardo de sus vidas, pero nunca como acciones o propuestas políticas a generalizarse. Pensemos en que no debemos dar batallas para “controlar las fumigaciones”, de lo contrario no hubiésemos acuñado jamás la consigna “Paren de Fumigar”, que en realidad siempre encerró una crítica profunda a un modelo, más bien nos hubiese quedado más cómoda alguna consigna como “Fumiguen lejos de las ciudades o dejen de fumigarnos a nosotros” y esto no es una simple ironía, se trata de no legitimar con nuestras acciones los designios de las Corporaciones.

Pretender instalar este tipo de acciones en defensa de lo urbano y como luchas políticas es una insensatez que demuestra que las mismas son pensadas y diagramadas en el mejor de los casos, por ciudadanos citadinos, ciudadanos que no conocen de la vida rural ni de la propia historia de la Argentina. Seguir por este camino nos condena a dejar de luchar por repoblar el campo o pretender conservar las tradiciones de nuestros pueblos mestizos; en definitiva, a que renunciemos a cambiar el futuro de nuestra América y el objetivo de conseguir la Soberanía Alimentaria. Aún más todavía, podemos afirmar que, estas acciones ni siquiera logran ser verdadera oposición a las políticas del Gobernador de Santa Fe, Hermes Binner, quien sostuvo reiteradas veces que: "hay que desmitificar sobre las cuestiones tóxicas de ese producto” y que el glifosato "usado convenientemente, y regulado de acuerdo a lo que se quiere realizar, es un producto que puede convivir perfectamente con el uso racional y la protección de la salud".. "Hay que ver claramente cual es el beneficio y el perjuicio que provoca, y el menor perjuicio a la salud justifica el no uso ante el mayor beneficio económico que puede producir el producto…" De hecho, y tratando de continuar el hilo de pensamiento del gobernador socialista de Santa Fe, podríamos imaginar que, la no aplicación de agrotóxicos dentro del radio de 1.500 metros, podría llegar a presentarse como la forma “responsable” o “racional” en que deberán realizarse las fumigaciones en los campos mencionados de San Jorge. Se fumiga sí, pero a 1.500 metros de las ciudades, simulacro en el que la sojización podría pasar a ser tal vez certificada como “responsable”..

Así gira la rueda del modelo de agronegocios en Argentina y en el mundo. El despoblamiento del campo, una agricultura sin agricultores y la supresión de la vida rural, se continúan profundizando y como si ello fuese poco, se legitima la concentración demográfica.  ¿Contra el modelo de exclusión rural, retrocederemos acaso, protegiéndonos en las ciudades y en sus alrededores, donde ya no podremos ser productores ni artífices de nuestra propia vida, sino tan sólo consumidores destinados a la dependencia y a los avatares de los mercados globales? Deberemos acaso con resignación ver como las empresas y los mercados deciden qué se produce allí donde antes crecían nuestras verduras y pastaban nuestros animales? ¿Pelearemos por urbanizar las Villas de Emergencia y “por el derecho a vivir en la ciudad” ahora cada vez más favelizada o tugurizada, y con crecientes cordones de miseria?

Lo que podemos comprobar a diario y desde hace años es que, a los expulsados de sus tierras, los reciben las organizaciones sociales listas para tratarlos como si siempre hubiesen sido urbanos y consumidores. Les asignan unos metros cuadrados como hábitat y un subsidio. y pasan desde ese momento a engrosar los nuevos cordones suburbanos de pobreza. La propia historia queda atrás, ya no son campesinos, ya no son indígenas, dejan de ser trabajadores rurales o vecinos de pequeñas localidades, ahora son tan solo una tabla rasa sobre la que otros reescriben su propia historia, debiendo aprender un nuevo rol como consumidores y asistencializados, a la vez que asimilarse a una urbanidad periférica enferma, dominada por bandas o regidas directamente por el narcotráfico.

Si las luchas que comprometen nuestras acciones fueran todas como la de San Jorge, corremos el riesgo de que el árbol nos tape el bosque. ¿Cómo podríamos desarmar el coloniaje que significa el modelo productivo, y en el que nos encontramos sumidos hasta el cuello? ¿Acaso es posible alterar un sistema desde este tipo de parcialidades que conllevan la doble lectura de regularizar el modelo y a la vez legitimarlo? Pensamos frente a estos desafíos, que debemos continuar planteándonos desde las organizaciones, hacia dónde es que debemos dirigir nuestras acciones.  Seamos conscientes que, por delante, y e3n este camino, tenemos la trampa de que se siembre soja certificada, según los acuerdos de la Mesa de la Soja Responsable, mesa en que además de los sojeros, se sientan diversas ONG sociales y ambientales, o acaso en una política nicho de cultivos orgánicos certificados a cargo de las mismas corporaciones que, como Cargill, mantienen a la Argentina dependiente de los mercados globales.  

Por lo contrario, se trata en definitiva, para el GRR, de instalar un nuevo pensamiento. Nuestras luchas han estado enmarcadas en un ámbito global, y no justificamos dar simples batallas incesantes que nos conduzcan a callejones sin salida tal como nos proponen ciertas ONG, tales como la WWF, que juegan desembozadamente para la globalización. Ir tras la descontaminación de un río, se justifica desde las luchas locales y no cuando somos conscientes que, son cada vez más las aguas que pasan a estar contaminadas. Lo mismo cuando se nos proponen las luchas por la conservación del puma, o de la ballena austral, mientras sabemos que la civilización industrial nos ha conducido a una pavorosa extinción planetaria de biodiversidad, en que por año se pierden más de 200 especies. Algo parecido ocurriría si lucháramos por conseguir planes sociales para los que día a día llegan expulsados de sus tierras y de sus modos de vida. Nos negamos refutar cada una de las tesis de la sociedad del agronegocio, no queremos seguir y seguir jugando el juego que se nos propone,  no se trata de enseñarles a los sojeros donde pueden fumigar y donde no, no podemos creer que la batalla sea contra el Glifosato específicamente o peor aún todavía, sea por obtener su recategorización en el SENASA. En realidad, en nada se distinguen esas luchas que se nos proponen desde espacios “ambientalistas” de lo que usualmente se denominan “Buenas prácticas agrícolas”, y que no son más que la forma en que se traslada la responsabilidad al productor y se legitima el modelo actual y el uso de agrotóxicos.

La realidad es que mientras en el plano global debemos dar la lucha junto con organizaciones hermanas que se oponen a las políticas de la Mesa de la Soja Responsable, por considerarlas nuevos maquillajes verdes, a nivel local nos enfrentamos con la entrega de nuestros territorios, tal como en el caso de Río Negro con China, o en el del Chaco con Arabia Saudita o Qatar. Si hoy nos vamos contentos a casa porque hemos conseguido que a 1.500 metros de la zona urbana no se fumigue, al menos deberíamos levantarnos mañana a pensar cómo haremos para lograr que este  modelo de sojización devastadora se revierta y que puedan regresar a su terruño los millones de desplazados que, contenidos por el asistencialismo, viven en los cordones de pobreza de las grandes ciudades.

GRR Grupo de Reflexión Rural
16 de marzo de 2011

www.grupodereflexionrural.com